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HISTORIAS DE SANTA ROSA

AUTOR: MIGUEL CASTILLO CRISPÍN
SEUDONIMO: COCO CASTILLO
Palabras del autor


Mi tierra no es solamente el lugar donde nací; es también la unidad geográfica, natural, histórica y social, que tiene como elementos centrales al valle y sus ríos Chamán y Jequetepeque. De este último toma el valle su nombre; pero el agua de ambos, a su paso, parece cantarle alegres églogas a sus fértiles campos, que tienen como emblema olvidado a Chérrepe ; otrora más importante puerto natural del norte peruano.
Toda esa es mi tierra, pero guardo especial afecto a Pueblo Nuevo y Santa Rosa ; lugares en donde veo reflejada toda esa unidad que aún conservo en mi recuerdo indivisible, aunque el hombre la haya segmentado, por conveniencia funcional, en provincias, distritos y caseríos.
He amado a mi tierra, tanto y de la manera más incondicional y terca, que me parece casi irracional haberla amado así.
La sigo amando porque vibra en mí como arpegio lastimero arrancado de fina guitarra por artista insomne de pasión febril.
La seguiré amando porque soy parte de ella como el fruto de la planta que un día nació para mitigar un retorcido hambre, pero que pronto caerá para fundirse nuevamente en la tierra y servirle de orgánico alimento.
Amo a mi tierra tan intensa y apasionadamente, que hasta me parece que nací amándola; y que aún antes de nacer, ya la amaba embrionaria e intuitivamente. Yo nací para amarla; porque a su recuerdo, o a su solo nombre, estallo en nostálgica alegría o a veces en profunda y añorante tristeza. Porque a la distancia sigo evocando su cielo, su paisaje, su gente, sus vivencias; y a ella, que como vieja matrona me mira callada y vigilante; dándome su amorosa compañía, como la madre al fruto de sus entrañas parido. Sentimiento nostálgico, casi trágico, que brota explosivo desde el alma y que me hiere de manera exquisitamente insoportable; como condena, quizá, por el egoísmo de haberlo mantenido sólo en mí, y que hoy me exige lo vierta para que otros beban de él; so pena de morir pronto de dolor. Sentimiento que ha hecho de mi mano el instrumento para expresarse y compartirlo con quienes, como yo, amamos esta tierra; o con aquellos que quieran amarla, porque ella es mi patria chica, un pedacito de Perú. Evocaciones Nostálgicas del valle Jequetepeque es parte de ese afecto expresado en diez hechos vividos o escuchados, y en una monografía sobre el histórico Chérrepe; en los que ustedes podrán conocer mi tierra; o quizá, también recordar la suya. Probablemente, algunos no compartan lo que voy a narrar en estas líneas; pero a ellos les digo, - Parafraseando a Plutarco - que yo no escribo la historia en su acepción estricta; soy el pintor que con su pincel pintar quiere el escenario mágico de su tierra; soy el escriba apasionado que anhela contar de un mundo casi olvidado; pero también, soy el poeta y trovador que cantar quiere la vida de su pueblo y su gente quiere; entonces, pues, que se me permita penetrar en los más secretos pliegues del alma del pasado, para exponer sus rasgos más característicos y plasmar con éstos la vida de los personajes y los hechos que marcaron mi existencia.
En estos pequeños trozos, pretensiosamente literarios, encontrarán anécdotas y cuentos de personajes, en un pasado ignorado por el hombre de hoy y poco registrado en la memoria colectiva de mi pueblo; pero que existieron; y, como tal, constituyen parte de él; por lo que tenemos que voltear los ojos a ellos, para encontrar allí nuestra identidad perdida.
Estos apuntes son parte de ese sentimiento, trágico o alegre, con que la vida afectiva se impregna en el sinuoso camino de la existencia; constatando que la vida misma, siendo tan objetiva, va girando con el paso tiempo hacia un realismo mágico; el que al final y algunas veces se transforma en leyenda o se diluye en fantasía; figuras éstas de las que en algún momento me valgo, por ser las más eficaces y entusiastas colaboradoras de este mensaje que pretendo dejar; y que se lo dedico, con el más sincero y ferviente deseo, a la juventud de mi pueblo; para que sean ellos los depositarios y continuadores del proceso de formación de esa reclamada identidad que debe reconstruirse, y que estoy seguro, se reconstruirá.
Quien no esté de acuerdo con lo que aquí digo, que lo ignore; pero, por favor, no lo destruya; pues mataría lo sensitivo de la vida y que en el fondo es: La vida misma.



SANGRE DE SEÑORES

Si vas para Santa Rosa, verás que ya no están más las casas de quincha y barro; las de los techos de inea , que perezosos se acostaban soñolientos sobre torcidas varas de algarrobos; las de las puertas de lata armadas en palos de pajarobobos, que se arrastraban bulliciosas y lastimeras al abrirlas. Ya no están en ellas, los pisos de tierra compactada por el agua que, religiosamente, nuestras madres regaban para evitar el polvo antes de barrerlo, y que lo endurecieron tanto como el rigor de la vida endurece nuestras almas con el paso del tiempo. Tampoco están los corrales donde alharacosas gallinas y tiernos pollitos, solían comer maíz molido, semillas de arroz o picoteaban alfalfa amarrada por tercios en macizos y torcidos palos que arriba templaban cordeles; los que por las tardes se veían llenos de ropa pulcramente lavada en la acequia del pueblo; y que al día siguiente, robustas planchas de fierro, afuera en la puerta falsa, cobijaban negro carbón a la espera de que prendan al influjo del aire que avivaba sus llamas; para luego, calientes por incandescentes brazas, borrar arrugas de camisas almidonadas y de pantalones remendados que después vestirían, impecables, nuestros cuerpos de niños recién bañaditos por cariñosas y maternales manos, ávidas por dar amor a manantiales.
Qué se hicieron las barrigonas e imperturbables tinajas de arcilla cocida, que sobre horcones se recostaban orondas en algún rincón de la casa, dentro de las cuales, fresca agua esperaba resignada y paciente ser bebida por bocas resecas y sedientas de tanto trajinar; y que ansiosas iban a ella para que les sea aplacada su sed; sed frecuentemente tan grande como el sufrimiento. Dónde fue a parar el batán de piedra en que corvadas figuras femeninas, con delantal salpicado de irregulares puntos de colores, molían ají panca y del otro, culantro y ajo después aderezarían franciscana comida que, ininterrumpidamente, mañana y tarde preparaban nuestras laboriosas madres en ollas de barro o fierro, sobre fogones de adobe alimentados por leña de algarrobos o espinos secos, que hoy tampoco están.
Qué del aroma de café tostado en negros o bronceados peroles, que como incienso inundaba humildes casas y que provocativo llegaba hasta las polvorientas calles del pueblo; para luego, “pasado” en narigonas cafeteras, ser tomado en el lonche con panes calientitos salidos de hornos de leña ya consumidos en el fuego del tiempo, y que hacían tan fragantes las soleadas y polvorientas tardes de mi pueblo.
En qué grieta del tiempo se quedaron atrapadas esas lámparas de kerosene, de tan fémina esbeltez; en cuyo tubo palpitaba titilante y con arrogante fulgor anaranjada llama, la que aun parece crepitar en mi alma como luz de inmenso amor incomprendido.
Ya no están ni los abuelos ni los tíos que consentidores tapaban nuestras infantiles travesuras de niños pueblerinos. Tampoco están los que hicieron el pueblo; se fueron; se fueron tristes y viejos de tanta pobreza, en esa su inesperada partida, pero tan llenos de amor, que a veces lo sentimos desbordarse en nuestros corazones. Hasta mi padre se ha ido en ese viaje sin retorno, que con el correr de los años comenzamos a desear inconscientes y anhelantes del calor paternal, pero atados a este mundo por ese inexplicable sentimiento de amor filial, y por la callada promesa hecha a sí mismos de cumplir como padres, así como un día ellos lo hicieron, aunque de mejor forma. No estudiaron tanto como nosotros, pero llevaron la vida como intuitivos sabios, como filósofos innatos, que a fuerza de duros golpes se tornaron en expertos conductores de una diligencia que a su partida la dejaran en tan buen destino.
En medio de esas duras pero gratas limitaciones, llenos de afecto y recibiendo lo mejor, crecimos viendo forjarse el pueblo. Sobre el lomo árido de esa larga y terca pobreza, se construyó primero la escuelita, luego el local municipal, el camal, el mercadito y la pequeña biblioteca; empedraron sus calles, construyeron sus veredas y tantas cosas hicieron para darle forma al pueblo. Todo lo hicieron solos; más que promesas fueron las que de arriba recibieron.
Así lograron esta hazaña; pero para hacerlo tuvieron que ser amigos, hermanos y confidentes; solidarios, aspirantes, entusiastas y decididos; muy hombres y muy mujeres para lograrlo.
Por esa época también unificaron al pueblo que políticamente había sido dividido en dos: Uno, de la acequia que por el centro del pueblo pasa y al norte, de nombre Santa Rosa y perteneciente al distrito de Pueblo Nuevo; y el otro, de las casas ubicadas al sur; de nombre Cruz de la Legua y perteneciente al distrito de Pacanga; cada uno con sus respectivas autoridades elegidas por el consejo distrital respectivo.
Yo viví esa época de nefasta división, que por los años 60 comienza a tomar cuerpo de rivalidad irreconciliable, pese a vivir juntos. Los niños nos acostumbramos a decir “los del otro lado” o “los de este lado”, al referirnos a alguien que vivía más allá o más acá de la acequia. Los enfrentamientos entre jóvenes eran frecuentes; no se aceptaba que alguno de un “lado” enamorara a una chica del “otro”; hacerlo, significaba ser agredido; los niños comenzamos a seguir envalentonados estos enfrentamientos que, casi siempre llegaban a agresiones físicas.
Un día los viejos se reunieron y dijeron: ¡Basta ya carajo!, ¡Somos un solo pueblo, somos hermanos! Los que nos dividieron tendrán que unirnos: ¡Por la razón o la fuerza!
Inmediatamente se formó una comisión de ambos lados integrada por Ruperto Esquén Silva, Mario Castillo Marroquín y Rigoberto Medina Zambrano, para que viajaran a San Pedro de Lloc y conversar con el Señor Virgilio Purizaga Aznarán, alcalde de la provincia de Pacasmayo. Ellos le hacen ver los riesgos de esa división y se le exige convoque a los alcaldes de Pacanga y Pueblo Nuevo en el más breve lapso de tiempo para llevar a cabo la reunificación y, mediante un cabildo abierto, el pueblo decida a que distrito pertenecer.
Así se hizo, y a los pocos días de iniciada la gestión, en 1965, se impone la voluntad y el sentimiento de un pueblo que, en un abrazo fraterno, sella una aspiración colectiva, justa y necesaria; para así, juntos, cerrarle paso a la violencia que se retira en rotundo fracaso del pueblo y de la mente de los jóvenes y niños, para vivir una etapa nueva, de paz y llena de esperanza.
Esto hicieron esos grandes hombres, nosotros sí gozamos de sus frutos y de su ejemplo, pero fue por muy poco el tiempo que disfrutamos de su mensaje que, imperecedero, lo olvidamos pronto. ¡Todo fue efímero! ¡No supimos conservar esa identidad creada por ellos! Hoy todo ha cambiado; los hombres, sus costumbres, sus aspiraciones, hasta las casas y la comida han cambiado; poco queda de esos valores sembrados y cosechados como mies. El pueblo se ha dividido, lo han dividido nuevamente los políticos y las autoridades enfrentando razas y familias para de ello sacar ventajas y vivir de lo que nos corresponde como pueblo.
Que tristes estarán arriba los que ya se fueron, mirando que lo bueno ha sido reemplazado por lo banal; que el bien común ha sido sustituido por el interés personal, el que nos amenaza con destruirnos como hombres, como ciudadanos y como pueblo.
¡Esto debe terminar! ¡Tenemos sangre de esos grandes hombres! ¡Volvamos a esa enorme filosofía de vida olvidada! ¡Reencontrémonos como un solo pueblo! No importa en qué tiempo lo hagamos, ¡Comencemos hoy! La pobreza no podrá impedirlo, porque ellos también desde allí lo hicieron ¡Lo lograremos! ¡Hagámoslo ya, pero hagámoslo juntos, unidos! ¡Sólo así venceremos la adversidad! ¡Triunfaremos! ¿Saben por qué?, ¡Porque tenemos en nuestras venas: Sangre de señores.
Este es un homenaje, tardío e insuficiente, a don Teófilo y Natividad Pérez, Mario y Luis Cubas, Melquiades Verástegui, Alfredo Lara Hoyos, Dolores Castro, Lorenzo Bautista, Miguel Novoa, Artemio, Diego y Lorenzo Barrionuevo, Abraham Gutiérrez, Julio Isla, Carlos Soto Chávarry, Néstor Pérez, Pedro Mendoza, Antonio Castañeda, Ruperto Esquén, Mario Castillo Marroquín, Rigoberto Medina; y a todos los que con su esfuerzo y civismo hicieron el pueblo. También a sus esposas, que al igual que las “rabonas” de las huestes de Andrés Avelino Cáceres, acompañaron a sus maridos en esa cruzada en favor de un porvenir mejor para sus hijos y su pueblo.
“No es el progreso ni la modernidad lo que me aflige; lo que me aflige es, cómo el hombre los entiende”. (MCC)

Hoy las calles de mi pueblo lucen empedradas y con veredas bajo sus humildes casas. En aquel tiempo Santa Rosa tenía mayoritariamente sus casitas de adobe y quincha, sus calles eran solo de tierra y sin veredas; pero esas calles lucían pulcramente regadas y tan limpias, que al paso del tiempo veo a mi pueblo más hermoso que hoy; quizá sea por la evocación nostálgica de un tiempo que por ser pasado lo creo mejor; pero no; porque al pedir la apreciación de mis amigos, también lo ven como yo: Como un cuadro en donde la pobreza, la sencillez y la humildad se dibujaban más hermosas que nunca; en donde los artistas, nuestras madres y Don Fermín Ramírez todos los días, muy temprano, le daban artísticas pinceladas para hacer perpetua su espontánea belleza; la que desde el suelo brotaba como vapor de elíxir mágico, para luego subir prendido por las paredes pintadas de cal, por las puertas de lata, y también entre los salpicados algarrobos que sobre las casas se veían como orquídeas colocadas cuidadosamente entre imaginarias trenzas; que me hacían ver en mi amada tierra su juvenil encanto y su embriagador aroma de pueblerina india prieta, que coqueta me sigue sonriendo en mi recuerdo.
Hoy ya no está Don Fermín y tampoco muchas de esas abnegadas madres; el tiempo, como siempre, les ganó la batalla; y con él, mi pueblo fue perdiendo su franciscana pulcritud; se ha vuelto indiferente, poco preocupado de sus calles y del “que dirán de algunos foráneos, si a él llegaran”. Sus autoridades desdeñan la higiene; los recursos que el pueblo le asigna a través del estado los derivan a otras cosas, quizá trascendentes, pero no tanto como la salud ambiental. Sobre la “Huaca” se han levantado casas que hoy, me parece, aplastan homicidas este hermoso recuerdo. De Don Fermín, ni de su ejemplo, ya nadie se acuerda.
“Ingratitud, injusticia; hidras generadoras del atraso de los pueblos, se filtraron por los recodos del tiempo para borrar lo bueno que el hombre hizo y sumirnos en el letargo y la apatía involutiva que seguirá por siempre matando nobles ideales”. (MCC)




ELOGIO A CHÉRREPE


El puerto de Chérrepe, tiene en sus aguas todas las riquezas que nuestro mar peruano posee; pero además de eso, es dueño de una historia no difundida, y que de conocerse constituiría un muy fundado motivo de orgullo patrio y resorte impulsor de nuestro desarrollo.
Este antiguo puerto natural pre inca, cuya existencia ya organizada data de doscientos a trescientos años antes de Cristo. Fue esta caleta, un importante pueblo de pescadores y agricultores. El desarrollo alcanzado en su apogeo, es comparado con el de PAKATNAMU y CHAN CHAN, pero aún más antiguos que estos.
Su gran riqueza ictiológica y sus excepcionales condiciones geográficas, le valieron para constituirse en la más importante población de pescadores del período pre hispánico del norte del país; a tal punto que Carlos Wiesse, en su libro Historia del Perú, lo señala como el único puerto existente en el norte peruano, allá por los años 1686.
Chérrepe fue un antiguo cacicazgo inca, que tenía en el Chequetec a su más importante deidad; ídolo antropomorfo con forma de pájaro, tallado en piedra y sobre el que se han tejido interesantes leyendas de transmisión oral aún perdurable en el tiempo. El cacique Pedro Chérrepe, fue la autoridad más representativa y conocida; a su linaje le debe su histórico nombre esta importante caleta de pescadores artesanales; que tiene al cacique Chámac como su fundador y organizador.
Por su gran importancia, fue considerada una de las más importante encomiendas del Perú virreinal; encargándole la corona española a don Francisco Pérez de Lezcano, la administración, recaudación de impuestos, organización y control de esta importante urbe, allá por los años 1567. Este personaje español, a su llegada realiza un censo cuyo resultado arrojó una población de más de cinco mil nativos. Estos datos lo confirma su ancestral cementerio prehispánico, el que ha sido depredado por huaqueros y buscadores de tesoros.
Tras el emergente desarrollo de la floreciente villa de Saña, a inicios de la segunda mitad del siglo XVI, Chérrepe se constituye como el puerto natural de la que fuera fundada con el nombre de ciudad de Santiago de Miraflores, llamada a convertirse en una de las más importantes ciudades del Perú virreinal.
Narra la historia, que las pampas de Chérrepe fueron inmensos campos de cultivo y bosques de algarrobos; con un impresionante sistema de riego, construido con tecnología mochica; la misma que fue abandonada a la llegada del conquistador, en rebeldía por los abusos cometidos. Todo esto lo corrobora la presencia de vestigios de canales, acequias, pozas y melgas para el cultivo que aún quedan, testimoniando su vieja existencia.
Hacia los años 1580 desembarca allí el Pirata Sir Francis Drake, en un intento de invasión a Saña; no llegándose a consumar por la presencia de la flota española, que pone en huida al súbdito inglés, después de haber desembarcado en ese puerto; encallando una de sus fragatas al frente de los barrancos de Chérrepe, de cuyos restos se dice eran vistos antiguamente en mareas bajas desde lo alto de esos acantilados.
De Chérrepe también parte en 1595 el afamado navegante español Alvaro de Mendaña, con trescientos dieciocho expedicionarios nativos en busca de una salida transoceánica por los mares del sur, para llegar hasta la Polinesia; expedición de la que solo quedan cuarenta y siete sobrevivientes que regresan al Perú después de descubrir primero la actual isla Fatu Hiva y luego las otras que forman el archipiélago de las Marquesas; llegando previamente a arribar a Manila al mando de la esposa de Mendaña, la Limeña Isabel Barreto, quien asume el control de la expedición a la muerte de su esposo en la travesía.
En 1686, el Corsario Edward David desembarca en Chérrepe; invadiendo y saqueando Saña, provocando el inicio de su decadencia, consumada casi dos siglos después de la inundación de la ciudad por el río en 1720, fenómeno natural que la hirió de muerte; abandonándose definitivamente y por esta época, la idea de hacer de ésa, la segunda ciudad más importante del virreinato del Perú. Como consecuencia de esto Chérrepe también va perdiendo paulatinamente su importancia de antaño.
Con una plaga de langostas en 1697 se inicia el primer desplazamiento sostenido de su población, migrando en busca de tierras hacia el este; afincándose en un paraje denominado hoy Iglesia Vieja; cuya impresionante arquitectura colonial semi derruida, hablan de un importante pueblo ya catequizado.
Posteriormente, y debido a la escasez de agua y a los desbastadores efectos del fenómeno del niño, esa misma población se traslada más al este, asentándose arriba de su curso y la margen izquierda del río Chaman, en unas fértiles tierras y pastizales; denominándose por tal razón a este asentamiento, Pueblo Nuevo, nombre que hasta la fecha conserva.
Mientras esto sucedía en estos lares, a fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, se construyen en el departamento de Lambayeque los puertos de Éten y Pimentel, potenciando el desarrollo de la emergente ciudad de Chiclayo, la decadencia de Saña y por ende de su otrora puerto natural, Chérrepe; el que queda reducido como hasta la fecha a una pequeña población indígena de pescadores artesanales.
Pero este antiguo puerto peruano tiene sobrados merecimientos para emular nuevamente al otrora ciclo de grandeza; es que Chérrepe no es solo historia; es para variar, una hermosa, amplia y hundida ensenada que en sus aguas a pocos metros de su playa se levantan peñascos en donde abundantes peces, mariscos y algas, sirven de alimento a sus nuevos pobladores y a sus numerosos visitantes que en verano llegan en busca de esparcimiento e historia.
Siguiendo más al norte, a escasos cuatrocientos metros; se erigen arrogantes sus imponentes barrancos, que en gesto adusto miran las pequeñas rocosidades abajo en el mar. Son los barrancos o acantilados de Chérrepe.
Como a cinco kilómetros al norte, siguiendo la orilla del mar y aunque perteneciente a la región Lambayeque, está la Laguna de Purrulén que se alimenta de filtraciones y aguas provenientes de acequias del distrito de Lagunas y que en las mareas altas el mar le entregaba sus aguas, las que le daban una salinidad media que motivaron mutaciones en sus peces y crustáceos que allí tenían su hábitat. Esta laguna abarcaba un área de aproximadamente veinte hectáreas, habiéndose reducido ostensiblemente debido al arenamiento producido por los tres últimos fenómenos del niño, que hoy amenazan seriamente su existencia. Es esta laguna un importante nicho ecológico de una variadísima fauna y flora en peligro de extinción.
Contaban los viejos que esta laguna y Chérrepe, fueron visitados por Tupac Inca Yupanqui y Atahualpa a su paso hacia Ecuador y Cajamarca respectivamente; y que de ellos se extraían el pescado y mariscos para la nobleza de la zona norte del imperio. Esto parece ser confirmado por el denominado “Camino del Inca” que partiendo desde Chérrepe en dirección este, llega hasta la ciudad de Cajamarca.
En el periodo virreinal era lugar obligado de veraneo de importantes autoridades hispanas, entre las que destaca don Francisco Pérez de Lezcano.
A la izquierda se ubica el tranquilo balneario de “Prieto”, y más al sur la desembocadura del río Chamán de nombre “La Bocana de Chérrepe”. Al seguir aguas arriba, encontraremos una cantera de sal de gran pureza, utilizada por los antiguos y actuales pobladores de esa parte y de más al norte para salar el pescado y otros usos.
A escasos tres kilómetros, siguiendo la carretera, se encuentra un cerro, en cuyo perfil aparece, como esculpida, la figura de un guerrero que yace muerte; y cerca de su cabeza una plañidera que llora su deceso. Se dice que este guerrero es nada menos que el fundador de esta etnia, el gran cacique Chámac, tras cuya muerte, Wiracocha quiso perennizar su memoria, encargándole a Waira, dios del viento, que esculpiera su figura en esta colina.
Unos kilómetros más, siguiendo el mismo rumbo, encontraremos al cerro Santa Catalina, antiguamente denominado cerro Chérrepe, en cuyas faldas se encuentra otro cementerio ancestral. Este cerro presente cientos de metros de murallas de piedra apircada y una especie de reservorio lítico, testimonio de su avanzada forma de existencia y de sus aún incomprendidas concepciones metafísicas.
También podemos encontrar en ese cerro, la cueva de San Ildefonso; lugar en el que se encontró la imagen traída desde España, por encargo del encomendero Don Francisco Pérez de Lezcano, en su afán de convertir al catolicismo a los nativos del lugar, la misma que desembarca en Chérrepe después de su larga travesía. Desde esta cueva se ha tejido una serie de leyendas de milagros hechos por el actual patrón del distrito de Pueblo Nuevo.
También algo más arriba del cerro se ubica la cueva de “El Sin Sangre”, refugio del afamado “Bandolero de los pobres” cuya historia se ha convertido en leyenda con el paso de los años.
A unos dos kilómetros siguiendo el cerro, se erige incólume La Piedra del Sapo, inmensa roca con la forma de ese batracio y también el Reloj Solar o Inti Huatana de la época pre Inca, que seguirá por siempre marcando el paso del tiempo.
Arriba en la parte más alta del cerro, podemos encontrar una fauna salvaje compuesta por cabras, perros, y asnos de monte o “alzados”. Antiguamente fue escenario de caza del venado, hoy extinguido en estos parajes.
Antes de llegar a Chérrepe se puede ubicar cuatro figuras, conocidas como los tréboles; de forma circular – alveolar, diseñadas en bajo y alto relieve sobre arena, tres de las cuales son más grandes, cada una de un diámetro aproximado de cinco metros. A cuarenta metros de distancia, al frente y al centro de éstas, una más pequeña, de aproximadamente tres metros de diámetro; figuras que, en su conjunto, encierran algún conocimiento ancestral, quizá astronómico al igual que las líneas de Nazca, de mucho interés para un posterior estudio.
Hay personas que sostienen que estas pampas son lugares de frecuentes avistamientos de naves extra terrestres, en tal sentido se han hecho filmaciones y fotografías de aficionados que podrían corroborar o desmentir esta posibilidad. Incluso algunos sostienen que los famosos tréboles, antes mencionados, son en realidad huellas dejadas por un ovni.
Saliendo del caserío El Alto San Ildefonso y a unos seiscientos metros encontramos la llamada Iglesia Vieja, que es el único y mudo testigo del primer peregrinaje migratorio de los cherrepanos, abandonado algunos años después para tomar la actual ubicación de Pueblo Nuevo, capital del distrito, creado a inicios de La República, reconocido por la belleza de sus mujeres, su apetecible arte culinario y por su prodiga y excepcional belleza natural.
A fines del año 1971, Chérrepe tuvo la feliz visita de quien fuera el más grande y visionario magnate pesquero de todos los tiempos: Don Luis Banchero Rossi, quien atraído no solo por su historia, sino y por sobre todo, conocedor de la gran riqueza de sus aguas y su posición estratégica, pretendía construir un muelle alternativo a Chimbote para que le sirviera como centro táctico de operaciones para sus actividades pesqueras futuras.
Llegó en un helicóptero, estuvo por espacio de dos horas y retornó con la convicción de realizar allí, la que habría sido quizá la mayor inversión de su vida, pero que su prematura e indeseada muerte, el primero de enero del siguiente año, impidió realizarla; frustrándose así un proyecto que hubiera cambiado el curso de la historia de este milenario y olvidado puerto artesanal norteño.
Así fue Chérrepe, así es Chérrepe; un lugar que fue el escenario donde se desarrolló una gran cultura y que hoy llama al mundo, y de manera especial a su gente, para juntos reconstruirla y emular su otrora grandeza.


NOTAS:

Chérrepe.- Ver al final Elogio a Chérrepe.
Pueblo Nuevo.- Distrito de la provincia de Chepén, Departamento de La Libertad, Perú.
Santa Rosa.- Caserío del distrito de Pueblo Nuevo.
Inea.- Nombre con que se le conoce a la enea.
Jibilai.- Se refiere a un rollo grande de nylon o nailon, conocido también como gareta
“Cobrar”.- Acción de recoger al para si, en este caso la soga..
“Pago”.- Especie de tributo que los antiguos pobladores del Perú le otorgaban a los elementos de la naturaleza por el servicio prestado en su calidad de deidades.
Abelardo Noriega Sisniegas.- Llegó a ser vocal de la Corte Superior de La Libertad y muere en fatídico accidente el año 2000
Fermín.- Nombre del señor Fermín Ramírez, que vivió y murió en la calle Pizarro 026. Sus restos descansan en el Cementerio General de Pueblo Nuevo.
Yuntero.- Que maneja la Yunta de bueyes.
Flojo.- Usado como sinónimo de haragán.
Simplón.- Palabra con la que se designa a las personas de ocurrencias disparatadas.
Gafo.- Usado como sinónimo de tonto.
“Chalga Chalga”.- Designa a las cosas mal hechas. (Hecho a la Chalga chalga)
Semana Jubilar de Chepén.- llevado a cabo el 14 de noviembre.
Cajonero.- Persona diestra en el manejo del cajón, instrumento de percusión peruano.
Decimista.- Que recita o crea décimas. (Versos con rima y ritmo)
Quebrantador.- Especie de domador de caballos.
“Torata”.- Poco apto para el estudio.
“Gramalote”.- Planta rastrera que nace a la orilla de las acequias.
“Pateo como mula”.- Personas que dicen las cosas sin importar ofendan al otro
“Bolsa de diablo”.- Antiguo nombre de la actual calle Progreso, en Santa Rosa,; caracterizada por sus continuas riñas y peleas.
“Carlín”.- Cementerio del caserío de Santa Rosa.
“Israelitas”.- Congregación religiosa fundada por Ezequiel Ataucusi Gamonal, caracterizada por dejarse crecer el pelo y la barba.
Ventiadez.- usado como sinónimo de ridículo.
Cholón.- De cholo; pelo lacio y piel morena.
“Escuadra”.- Ex hacienda y luego cooperativa arrocera del valle del Jequetepeque.
Banco Agrario.- Antiguo banco de fomento agrario, caracterizado por su burocracia y lentitud.
Pedro Deza.- Respetable y ocurrente señor, nacido en Guadalupe pero que vivió y murió en Santa Rosa, de ocupación herrero.
“Blanquito”.- Aguardiente de caña.
“Ventiaos”.- Ocurrentes, fantasiosos y de poco tino.
“Cumpa”.- Compadre o palabra que expresa cariño a la persona que se le asigna.
“Tiesito”.- De poca cintura para jugar el fútbol.
“Pinpin”.- sobre nombre del señor Germán Crispin Reyes, de ocupación chofer y que hiciera el servicio de movilidad en aquel suceso.
Coloche.- Nombre con el que se le conocía a una especie de tubo hecho de un cilindro de lata para permitir el paso del agua sobre la acequia Santa Rosa.
“Golondrino”.- Trabajador eventual del campo.
Lifes.- Pescado de agua dulce, muy estimado por su carne.
Adobazo.- Golpe con un adobe de barro.
Ruma.- Adobes colocados unos sobre otros.
Improsulto.- Utilizada como sinónimo de colmo. Al parecer degeneración del vocablo latin Non Plus Ultra.

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